“Hijo mío, sigue mi consejo; tenlo presente
siempre,
cúmplelo.
Obedéceme y vivirás. Guarda mis palabras
como tu
especial tesoro. Escríbelas y atesóralas en lo
profundo de tu corazón. Ama la sabiduría como una
novia; conviértela en estimado pariente tuyo.”
Proverbios 7:1-4
¿Quién se duele y sufre por las caídas y
errores de sus hijos como sus padres? A nadie le duele más, sino a quien les ha
llevado en sus entrañas. ¿Acaso no es el deseo de los padres hacia sus hijos,
que éstos gocen de bienestar y calidad de vida, que progresen y les vaya bien
en todo aquello que emprendan?
Sin embargo, en el mundo hay muchos
peligros. Una de las razones por las
cuales los padres temen que sus hijos abandonen su casa, es por su estado de indefensión,
que según ellos, sus hijos siguen siendo unos niños, y en consecuencia, y en consecuencia
necesitan de la protección (en algunos casos sobreprotección) de sus padres.
Y aunque en muchos casos, los consejos de
los padres están mediados por sus afectos, sentimientos y propias inseguridades,
no es el caso de lo que hemos leído; porque esta vez, no es la expresión de los
sentimientos sobreprotectores de los padres sino una exhortación basada en los principios
para aprender a vivir.
Lo hermoso de la enseñanza, está en el reconocimiento
que hacen los padres, que solo hay una forma en que el hijo esté seguro, y es que
aprenda a valerse por sí mismo y a cuidar de sí mismo, en la medida en que es fiel
a las enseñanzas recibidas; son los principios los que le guardarán y le mantendrán
lejos de los peligros y de caer.
Hay dos caminos que el joven puede tomar:
Obedecer el consejo que lo llevará por el camino seguro de la vida; u Obedecer el
impulso sexual que lo llevará invariablemente a una caída y a las consecuencias
derivadas de la misma. Quien entra y se presta para el juego seductor, difícilmente
saldrá de el.
La tentación es como un poderoso alucinógeno,
que al caer bajo su poder e influjo, lleva a la persona a abandonar toda sensatez
y cordura, y la persona se deja llevar, carente de todo discernimiento y raciocinio,
sin ningún poder volitivo para renunciar, como una ingenua presa, vencida finalmente
por su hábil y astuto cazador.
“Así lo sedujo, con sus mimos y zalamerías,
hasta que él se le entregó. No pudo resistir
a las lisonjas de ella. La siguió como buey
al carnicero, o como siervo atrapado en espera de la flecha que le traspase el corazón.
Era como el pájaro que va derecho al lazo,
sin saber que le espera.”
La falsa liberalidad de la cual presumen
muchos, no es otra cosa, que una vida de desenfreno e irresponsabilidad; usan sus
argumentos para hacer sentir mal a quienes se resisten a ceder a sus propuestas;
se refieren a la moral y a la espiritualidad como algo alienante y coercitivo de
la libertad, que está replanteado por la modernidad.
Las palabras que escribe Salomón, no solo
representan el sentir de los padres, sino que tiene como trasfondo los principios
morales y espirituales para una vida sana, integra, irreprochable. Basta una sencilla
comparación entre la vida que lleva una persona que se atempera a estos principios
y quien se deja llevar por el desenfreno.
Dice Salomón, “Escúchenme, jóvenes, y obedézcanme.
Que sus deseos no se desborden; no te des
a pensar en ella. No te acerques; mantente
lejos de los sitios que ella frecuenta, no sea que te tiente y te seduzca. Ella ha
sido la ruina de muchísimos; una legión de hombres han sido sus víctimas. Si lo
que buscas es el camino del infierno, ve a casa de ella.”
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