“La buena influencia de los ciudadanos justos
hace
Prosperara la ciudad; pero la decadencia moral
de
Los malvados la lleva cuesta abajo.”
Proverbios 11:11
Diferentes autores coinciden en afirmar
que la humanidad está dividida en tres grupos: Una pequeña minoría de los que
hacen que sucedan las cosas; los que ven las cosas que suceden, y una inmensa
mayoría de aquellos, que no tienen ni la
más remota idea de lo que está sucediendo. Los que hacen sucedan las cosas, son
los líderes.
Los líderes ejercen influencia en sus
seguidores o colaboradores, y esta capacidad los orienta a la acción y al
progreso. La buena influencia hace
progresar, pero la decadencia moral nos lleva cuesta abajo, como hemos leído en
el precepto. Frente a las situaciones de
la vida moderna debemos preguntarnos:
¿Vamos a permitir que las acciones
negativas de unos pocos afecten a la mayoría? ¿Qué impide que apoyemos las
buenas acciones de unos pocos que benefician a la mayoría? Infortunadamente se le
hace más publicidad a las acciones negativas que a las positivas y la gente cree
que son menos las acciones buenas que las malas.
En el tema del liderazgo, debemos reconocer
que un líder es una persona con la capacidad
de influir a otros para el logro de un fin. Mientras que liderazgo es el proceso que convoca acciones de grupo o de equipo hacia
el logro de un propósito en común, por supuesto, comandado este equipo por un líder.
El impacto que se consiga depende de la influencia
que se ejerza, sea ésta, positiva o negativa, centrada en principios y valores o
no. Si un liderazgo está basado en principios
y valores, podríamos afirmar que en tanto la influencia, el proceso que se adelanta
y el impacto social que se logre, son positivos y así serán los resultados que se
obtengan.
Si un proceso de liderazgo es ajeno a los
principios y valores; si los lideres no ejercen su ejercicio en forma ejemplar,
seguramente su tendencia es hacia la decadencia y al deterioro social, que ha llevado
a las gentes a ser condescendientes y complacientes
con la corrupción, con costumbres viciadas, con la doble moral.
Una forma sencilla de acabar con la corrupción
es dejar a los corruptos solos, no seguirlos ni acompañarlos en sus propósitos.
Pero, si las personas les siguen el juego,
si se prestan para ser “tontos útiles”, ellos van a continuar en sus andanzas y
haciendo de las suyas, de frente o tras bambalinas. Ellos solos no pueden hacer nada, necesitan quien
les secunde; para bailar se necesitan de dos.
Construir un proyecto de vida personal, familiar,
social, empresarial, demanda estar fundamentados en principios y valores, que garantizaran
la rectitud de las acciones. Sin cimientos
sólidos no existirá ninguna garantía de éxito en las acciones que se emprendan,
ni se le dará continuidad y trascendencia a los procesos de liderazgo.
Debemos ser parte de la solución y no del
problema; y para conseguirlo es necesario impedir que las acciones negativas de
unos pocos afecten a la mayoría. El cambio
se inicia cuando cada ciudadano toma la decisión de no prestarse para la corrupción,
sino denunciarla. Los pueblos tienen los gobernantes que se merecen.
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