“De nada sirven las riquezas en el día del
juicio,
Entonces solo valdrá la rectitud.”
Proverbios 11:4
El dinero no lo compra todo, como
algunos contrariamente creen; resulta útil para adquirir muchas posesiones
materiales, pero no compra una buena reputación, una buena imagen, un buen
nombre ni un prestigio. El dinero compra
bienes materiales pero no los bienes espirituales.
Esa ha sido la realidad a la que se han
enfrentando muchos delincuentes, que a pesar de sus millonarias posesiones y
capitales económicos, no han logrado una aceptación social y mucho menos una
validación; si bien han gozado de una relativa solvencia económica, han
carecida de una absoluta solvencia moral.
Y aunque la sociedad sanciona su
conducta moral, ya sea por el rechazo social o por la vía legal, no siempre se
hace justicia; y esto obedece a los innumerables casos de corrupción o de
amedrentamiento que se aplica a quienes juzgan y ejercen su función sin ética,
quedando las acciones delictivas en la impunidad.
Sin embargo hay una justicia que va mas
allá de la justicia humana, a la cual todas las personas, un día tendremos que
rendir cuentas; hay una ley de la cual no hay escape, se crea en ella o no; y
por el hecho de negarla no por eso se invalida, la ley de Dios. Si bien el hombre puede ser burlado, Dios no,
y lo que uno siembra, eso cosecha.
El día del juicio le llega a toda
persona. Aquellos que se gozan de su “cuarto de hora”, ignoran, que éstos pasan
y llega el momento de rendir cuentas, de
ser sometidos al examen social y para el caso del dinero, éste no será
suficiente para borrar un comportamiento.
Habrá quien envolate un expediente, pero no podrá borrar el pasado.
Una vez que una persona le ha fallado a
la sociedad, así pague por sus pecados o delitos, no será fácil que borre de la
memoria social su antecedente, y lo más importante, que goce de una buena
reputación, confianza o aceptación.
Tendrá que hacer un gran esfuerzo para ganarse aquello que una vez
perdió.
La mejor carta de presentación de una
persona es su honestidad, la rectitud en su proceder. Una persona íntegra es quien no falla a la
palabra ni falta a la promesa; quien pacta y cumple sus compromisos con los demás. Hay quienes no tienen como pagar una defensa,
sin embargo su mejor defensa es su honorabilidad.
Como dice el precepto, “mejor es la
buena fama que las piedras preciosas.”
Una buena reputación, un buen nombre, no se compra, sino que se forja
día a día, con el riesgo que aquello que se ha construido a lo largo de toda la
vida, se puede destruir con una sola acción equivocada.
Hay
miles de personas que hoy en día viven arrepentidos por una decisión
equivocada que un día tomaron y que les costó su libertad, felicidad, la
armonía de su familia, su paz espiritual.
Si pudieran volver atrás y tomar la decisión correcta, ni siquiera lo
pensarían. El asunto es que el pasado no
se puede cambiar, pero si remediar.
Muchos de dejan impresionar por los lujos
o riquezas materiales de quienes las poseen, (así sean de dudosa procedencia) Esto
no debe ser así; porque las personas verdaderamente admirables, son aquellas que
a base de esfuerzo y a un pulso de integridad y honorabilidad se han forjado un
respeto y un buen nombre.
Quienes consiguieron bienes por medios ilícitos,
no solo los perdieron, sino que dejaron manchado el nombre de su familia. Al final
de nuestra vida, cuando hayamos logrado muchas cosechas, y lleguemos a nuestro destino
último, el más grande legado que podamos dejar es un buen nombre y una dignidad
familiar.
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