“Si alguien respeta a Dios y le teme,
odiará el mal,
Porque la sabiduría detesta el orgullo, la
arrogancia,
la corrupción y el engaño de toda clase.”
Proverbios 8:13
Cada día son puestas a prueba nuestras
convicciones; en cada situación de la vida, en el trato con las demás personas,
en las ideas que comunicamos, las palabras que expresamos, las decisiones que
tomamos, estamos dejando constancia de aquellos principios y valores que son la
base de nuestras creencias y comportamientos.
Tanto en situaciones cotidianas, simples
y convencionales, como en aquellas más complejas, menos comunes y más
trascendentales. El compromiso de ser predecibles en nuestros actos y de hacer
valer los principios que rigen nuestra vida, no el algo aleatorio ni depende de
una circunstancia en particular.
No actuamos de una manera u otra,
“dependiendo” de las situaciones o de las personas; sino que debemos ser
coherentes y consistentes con aquellas convicciones que profesamos. Nada
resulta tanto desconcertante, como decepcionante, que hallar a una persona que
hace algo contrario a lo que profesa o predica.
La falta de madurez emocional o
espiritual de una persona se demuestra en sus costumbres y prácticas. Quien sigue haciendo de sus viejas prácticas
y hábitos, cuestionados y devaluados, demuestra que ni ha madurado, ni
evolucionado como persona, y por el contrario se ha quedado estancado en el
tiempo y espacio.
Una de las formas típicas de conocer si
los dirigentes han evolucionado o no es observarles en épocas de comicios
electorales. Su falta de madurez se evidencia en el lamentable ejercicio de una
continua politiquería, revestida de viejas prácticas y costumbres, que han sido
el caldo de cultivo de la corrupción y el clientelismo.
El día de la votación, se convierte en
el “día de la botazón”, ya que son miles de personas, que literalmente arrojan
su voto a la basura, perdiendo la posibilidad de elegir un cambio. Aunque, a
decir verdad, ¿Cuál cambio? Ya que en la mayoría de los casos, se cambian a unos
por otros, pero las situaciones no cambian.
Bien dice el precepto, “quien vive por
principios, repudia el mal, el orgullo, la arrogancia, la corrupción y el
engaño de toda clase y naturaleza.”
Quien vive por principios es predecible en sus palabras y hechos; no
tiene ninguna clase de concesiones o convenios con alguien en particular; ni
ninguna clase de excepción, mucho menos, con aquellos que los niegan.
En un escenario democrático, se ofrecen
las condiciones para escribir nuevas páginas de la historia, porque la pasada,
ya no se puede borrar ni reescribir; pero si se pueden emprender procesos de
cambio, que tienen como punto de partida, por lo menos una decisión, no seguir
en lo mismo.
El pueblo tiene el poder soberano de
elegir, de definir en manos de quienes van a estar los destinos de un país; son
los ciudadanos de bien, aquellos que no se dejan polarizar ni intimidar;
aquellos que no se prestan para el juego de la politiquería, sino que
aprovechan el poder democrático de votar, para hacer su mejor elección.
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