martes, 20 de enero de 2015

REFLEXION ENERO 15 DE 2015

“Si alguien respeta a Dios y le teme, odiará  el mal,
Porque la sabiduría detesta el orgullo, la arrogancia,
la corrupción y el engaño de toda clase.”
Proverbios 8:13

Cada día son puestas a prueba nuestras convicciones; en cada situación de la vida, en el trato con las demás personas, en las ideas que comunicamos, las palabras que expresamos, las decisiones que tomamos, estamos dejando constancia de aquellos principios y valores que son la base de nuestras creencias y comportamientos.

Tanto en situaciones cotidianas, simples y convencionales, como en aquellas más complejas, menos comunes y más trascendentales. El compromiso de ser predecibles en nuestros actos y de hacer valer los principios que rigen nuestra vida, no el algo aleatorio ni depende de una circunstancia en particular.

No actuamos de una manera u otra, “dependiendo” de las situaciones o de las personas; sino que debemos ser coherentes y consistentes con aquellas convicciones que profesamos. Nada resulta tanto desconcertante, como decepcionante, que hallar a una persona que hace algo contrario a lo que profesa o predica.

La falta de madurez emocional o espiritual de una persona se demuestra en sus costumbres y prácticas.  Quien sigue haciendo de sus viejas prácticas y hábitos, cuestionados y devaluados, demuestra que ni ha madurado, ni evolucionado como persona, y por el contrario se ha quedado estancado en el tiempo y espacio.

Una de las formas típicas de conocer si los dirigentes han evolucionado o no es observarles en épocas de comicios electorales. Su falta de madurez se evidencia en el lamentable ejercicio de una continua politiquería, revestida de viejas prácticas y costumbres, que han sido el caldo de cultivo de la corrupción y el clientelismo.

El día de la votación, se convierte en el “día de la botazón”, ya que son miles de personas, que literalmente arrojan su voto a la basura, perdiendo la posibilidad de elegir un cambio. Aunque, a decir verdad, ¿Cuál cambio? Ya que en la mayoría de los casos, se cambian a unos por otros, pero las situaciones no cambian.

Bien dice el precepto, “quien vive por principios, repudia el mal, el orgullo, la arrogancia, la corrupción y el engaño de toda clase y naturaleza.”  Quien vive por principios es predecible en sus palabras y hechos; no tiene ninguna clase de concesiones o convenios con alguien en particular; ni ninguna clase de excepción, mucho menos, con aquellos que los niegan.

En un escenario democrático, se ofrecen las condiciones para escribir nuevas páginas de la historia, porque la pasada, ya no se puede borrar ni reescribir; pero si se pueden emprender procesos de cambio, que tienen como punto de partida, por lo menos una decisión, no seguir en lo mismo.

El pueblo tiene el poder soberano de elegir, de definir en manos de quienes van a estar los destinos de un país; son los ciudadanos de bien, aquellos que no se dejan polarizar ni intimidar; aquellos que no se prestan para el juego de la politiquería, sino que aprovechan el poder democrático de votar, para hacer su mejor elección.




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