“Enemistarse con el vecino es una tontería;
el hombre sensato refrena su lengua.”
Proverbios 11:12
¿En qué se han convertido las cumbres de
los presidentes de las naciones? En lanzarse todo tipo de acusaciones,
señalamientos, improperios, ofensas, afrentas.
Y si esto sucede en los recintos donde se reúnen los más altos
dignatarios de un país, ¿Qué puede esperarse de otros escenarios donde se mueve
la gente del común?
Decir la verdad, dar una opinión,
formular una idea, observar sobre una propuesta desde la posición y percepción
respetable de cada quien, puede hacerse sin tener que atacar u ofender a un
homologo. Estar en desacuerdo no es
estar en contra; sin embargo, una mesa de negociación se convierte es un
escenario de hostilidades.
Las enemistades solo contribuyen a
generar tensiones y fricciones, confusión y malestar; solo sirven para
alimentar odios, rencores, rencillas; y en ese sentido, es caer reiteradamente,
en uno de los errores históricos que han cometido los dirigentes a lo largo de
los siglos, y es alimentar odios y rencores.
Esta es constante desconcertante de los
pueblos, enemistarse con el vecino o los vecinos, lo cual solo sirve para crear
barreras entre los países y sus gentes; se forman bandos o divisiones, lo que a
la postre solo genera crisis y conflictos, pero no soluciones ni avances; y
esto es observable en el mapa de la geopolítica mundial.
Y para hacer la situación más crítica,
participan de ese juego, los medios de comunicación y agencias de prensa que no
reparan en darle protagonismo y difusión a las “bocanadas” y “tonterías”, que
desborda en forma incendiaria e irresponsable un dirigente insensato que no es
capaz de refrenar su lengua.
Las relaciones diplomáticas contribuyen
a que las naciones respeten su soberanía y ayudan a que se facilite la integración
entre las naciones para el desarrollo de proyectos globales; pero deben crearse
las condiciones de amistad, confianza, y respeto para que estas iniciativas
prosperen.
El fenómeno social de las enemistades,
también se hace presente en otros niveles de la sociedad, comenzando por las
familias, quienes cual “Capuletos y Montescos”, viven su propia tragedia
Shakespeariana, reviviendo las diferencias entre familias, y alimentado los
odios y rencores que invariablemente, tienen desenlaces lamentables.
Por supuesto que no estamos en contra de
la libertad de prensa, de la libre expresión; ni tenemos que aceptar positivamente,
y mucho menos, no prestar atención o darle importancia a lo que es violatorio de
la ley, los derechos, las libertades humanas, lo que atenta contra la dignidad de
las personas o su integridad físicas.
Pero hay que distinguir entre un sano ejercicio
de la política y la costumbre malsana del radicalismo, la politiquería, el populismo
y el caudillismo que solo conducen a las enemistades entre los pueblos; y en este
caso, la importancia de un registro ecuánime y ponderado de los hechos noticioso
por parte de los medios de comunicación.
Sin abandonar las convicciones personales,
debemos hacer un esfuerzo en conjunto, las diferentes fuerzas vivas, los diversos
actores sociales para superar la barrera divisorias, los “muros de Berlín” y trabajar
en equipo, como un solo hombre, para sacar adelante proyectos que propenden por
el bien general y común.
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