“No hables tanto; continuamente te pones en
ridículo;
Se inteligente, deja la habladuría.”
Proverbios 10:19
¿Cuántas veces por hablar más de la
cuenta, se dice algo que nunca debió haberse dicho? Se debe lo que no debe
decirse y a quien no se debe decir, y en el lugar y momento equivocado. Y todo obedece a una sola razón, hablar sin
un sentido de responsabilidad y prudencia; sin medir el impacto que pueden
causar las palabras.
Quien habla más de la cuenta, no solo se
está exponiendo al ridículo, sino a quedarse solo. Porque, ¿ quien
le confiaría algo importante a una persona que no controla su lengua? ¿Quién
resiste a una persona que no hace sino hablar, pero no escuchar? Los mejores
comunicadores se ocupan más de escuchar que de hablar.
El progreso tiene que ver con el
habla. ¡Claro! Avanzamos, cuando
hablamos menos ya hacemos más. Decir las
cosas es necesario, pero resulta imprescindible hacerlas. El desarrollo social se cifra en menos
palabras y más acciones; en cumplir más compromisos y no quedarse solo en
promesas o buenas intenciones.
Incluso, hay personas que le dan tantas
vueltas a una discusión, pero no resuelven nada; semejante a un corcho dando
vueltas en un remolino de agua.
Discusiones bizantinas y desgastantes, que no conducen a ninguna
solución, sino que distraen, desvían o alejan de una salida viable.
Concreción, compromiso y cumplimiento,
deberían ser las franjas de la bandera de todo líder; éstas deberían ser las
credenciales de todo dirigente; de todo agente de cambio; aquellos que se han
decidido ser parte de la solución y no del problema; que han entendido que
quien habla menos, hace mas.
Ni siquiera el Santo Dios del Cielo,
está interesado en escuchar oraciones larguísimas, pero sin contenido ni
esencia. Que equivocadas están aquellos
que creen que por sus vana palabrería o repeticiones serán escuchados, ellos ya
tienen su recompensa; el sentirse de orgullosos de lo que hacen.
Se ve y se oye ridículo, aquel que habla
mucho y obra poco; semejante al ebrio que dice disparates, y actúa
descoordinado; en su caso, por estar bajo ese efecto alucinante del alcohol; el
que mucho habla, está bajo el efecto de parloteo y desenfreno de su lengua, sin
entender muchas veces, ni lo que habla o afirma.
Siga el consejo Salomónico; sea
inteligente y deje la habladuría, el blablismo.
Hablar mucho y hacer poco no sirve para nada. Solo para desinformar,
desanimar, desalentar. Los contadores de
historias son como encantadores de serpientes, que crean confusión y
engaño. La habladuría se alimenta del
rumor, el chisme, la especulación.
Como oidor de un hablador, no se preste
para el chisme, para el comentario de pasillo ni corrillo; ni para la última
chiva que circula por las redes sociales.
El chismoso ignora que la vara con que mide será medido, y que todo
aquello que el hombre siembra, cosecha. Así es la vida, todo lo que uno hace,
se le devuelve, para bien o para mal.
Este es un llamado a la prudencia, al
recato, al respeto al prójimo y su intimidad. Cuanto se pierde la confianza y
el respeto, se rompen las relaciones ya
que las malas conversaciones dañan las buenas costumbres. El chisme es como una mordedura de serpiente,
si quiere evitar ser mordido, lo mejor es alejarse del chismoso.
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